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11

 




 Fernando Vázquez Rigada


 Cuando esto se publique, todo habrá terminado. O no. O quizá, pese al resultado, sea la oportunidad de un comienzo, de un renacer, de un resurgimiento. No importa si ganamos o perdimos.

 Lo importante fue la comunidad de propósitos que estos 11 jóvenes, nuestra selección, construyeron y con la cual nos contagiaron. Se habrá generado una certeza o una ilusión: la de un país triunfador. Certeza, si ganamos como nunca. Ilusión, si perdemos, como siempre. 

Pero, más allá del resultado, está la posibilidad de ser un país. Mejor: triunfador, grande, potente. Veremos. Acaso, en 90 minutos, se disuelva la idea originaria de que Europa nos ha sometido siempre y se refrende la de Juárez: que somos capaces de doblegarla. Ser otra vez un país.

 Porque, de alguna forma, hemos dejado de serlo. Nos unen las fronteras, pero nos separan los prejuicios. Nos une la lengua, pero nos separa el insulto. Nos une la cuna; nos separa la política. Pero estos 11 nos han recordado nuestra raíz.


 No hay superestrellas: hay un equipo, lo que implica colaboración, confianza, orden y esfuerzo colectivo. Ahí, en estos días, lentas semanas en un mar embravecido, nos hemos visto hermanados por un balón, la garganta hecha nudo por un himno, el pecho erguido por ser mejores.

 Hemos vibrado cuando se despliega la bandera en el campo y el azul del cielo se difumina entre los colores tricolores. Tras los triunfos hemos escuchado la voz del técnico, de la máxima autoridad; no insultando ni mintiendo, sino una voz sensata. Serena. Reflexiva y madura. No encona, no frivoliza ni calumnia. Una voz que convoca a ser mejores y a pensar. A planear y a entrenar para hacer realidad la probabilidad. La que reitera, incluso en el triunfo:

 "Pudimos ser mejores". La que nos invita, ¿por qué no?, a soñar. Las calles repletas, desbordadas, revelan una nación urgida de felicidad. Ayuna de victoria. Que clama noticias buenas. En las calles de todo el país se ven familias. Jóvenes. Niños. Son millones que rompen la monotonía depresiva de la desgracia para festejar, así sea por unas horas, la epopeya de 11. ¿Y si, en lugar de 11, emprendiéramos la epopeya de 130 millones? Publicado esto, todo habrá terminado.

 O no. El deporte no es sólo una justa. Nos lo recordaba Carl Sagan: el equipo nos representa. Nos da identidad, nombre, propósito. Cohesiona socialmente a un barrio, una ciudad, una nación. Por eso debemos sentirnos orgullosos de esta selección. Una que no generaba emoción ni esperanza. Y, quizá por ello, por la ausencia de expectativas, su actuación nos hinchó de autoestima. Nos regaló, envuelto en pundonor, nuestro honor olvidado. Vi, en calles de estados diversos, peatones por cientos, con camisas verdes. Carros con banderas. Caras con barras tricolores pintadas. 

 Acaso una gran actuación nacional no sea un comienzo, pero ¿y si sí? ¿Y si este entusiasmo por ser mejores no se esfuma? ¿Y si de veras pensamos que ya fue suficiente tanta mediocridad, tanta sangre, tanta tranza, tanto encono? ¿Y si cambiamos los 11 por un gran equipo, genuinamente nacional? A lo mejor, haber acariciado esta altura nos hace sentirnos cómodos en ella. 

Quizá estemos emocionalmente recargados para dejar el sótano y subirnos al elevador. Igual, ¿quién sabe?, tengamos, a partir de hoy, la determinación de dejar de ser el país de las eternas oportunidades para convertirnos en el de las permanentes realidades. Ojalá. Por lo pronto: hoy lunes, no te quites la verde. Esto apenas empieza. @fvazquezr

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