ANGELÓPOLIS.
Sin duda, la controversia provocada por el anuncio de Rubén Rocha Moya de regresar a la gubernatura de Sinaloa caló hondo en las estructuras del Gobierno Federal y en el partido Morena.
La presión política generada por la decisión del mandatario sinaloense habría provocado una reacción inmediata en Palacio Nacional: la instrucción fue clara, dejarlo solo.
La señal llegó rápidamente. La Secretaría de Gobernación federal emitió un comunicado, mientras que la dirigencia nacional de Morena fijó también su postura.
En el Senado, los legisladores morenistas hicieron lo propio, encabezados por su coordinador, Ignacio Mier Velazco, quien, por cierto, mantiene desde hace varios años una estrecha relación política y personal con Rocha Moya, desde aquellos tiempos en que Mier Velazco coordinó acciones del Movimiento de Regeneración Nacional en Sinaloa.
Sin embargo, ni siquiera esa cercanía pareció suficiente para modificar la línea política que se había marcado desde el centro del poder.
Los senadores de Morena dejaron clara su posición y los gobernadores morenistas también guardaron distancia.
Horas después, Rocha Moya dio marcha atrás y anunció que renovaría su licencia.
Con ello, aparentemente, las aguas volvieron a su cauce y el episodio quedó políticamente cerrado. Pero solamente en apariencia.
Porque el daño político ya estaba hecho. El episodio dejó al descubierto que, ante una decisión considerada delicada por la dirigencia nacional, las estructuras de Morena y del Gobierno Federal podían cerrar filas rápidamente, incluso si eso significaba marcar distancia de uno de sus propios gobernadores.
Los morenistas seguramente intentarán minimizar el alcance de la controversia, pero la política también se mide por las señales
. Y la señal que quedó fue contundente: Rocha Moya enfrentó solo una tormenta que, por momentos, pareció escalar hasta los niveles más altos del poder. Y hay otro elemento que no debe perderse de vista. Andrés Manuel López Obrador comenzó hace tiempo a transitar de una etapa de enorme concentración de poder político hacia otra en la que su influencia necesariamente tendrá que convivir con nuevos equilibrios dentro de Morena.
El episodio sinaloense podría ser una muestra de ese proceso.
Habrá que observar con atención si, a partir de ahora, comienza a hacerse más evidente el distanciamiento entre López Obrador y la actual huésped de Palacio Nacional.
En política, las rupturas rara vez se anuncian con anticipación: primero aparecen las señales, después los silencios y finalmente las decisiones. Y en Morena, las señales de los últimos días merecen ser leídas con mucho cuidado.
Porque lo ocurrido en Sinaloa no fue solamente un episodio alrededor de una licencia. Fue, sobre todo, una demostración de fuerza y de disciplina política desde el centro del poder. Y cuando Palacio Nacional da un manotazo, todos entienden el mensaje.
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