En política hay una regla básica: cuando una estrategia necesita demasiadas explicaciones para justificar su existencia, probablemente no está cumpliendo el objetivo que se presume públicamente. Algo parecido ocurre con el fenómeno de los llamados “Peluchocos”, un proyecto que, por más que se presente como una noble causa social, ha terminado generando más beneficios mediáticos para José Luis García Parra que para la propia causa que dice respaldar.
La historia es atractiva. Un peluche impulsado por una asociación que apoya a niñas y niños con cáncer en Puebla, cuya venta serviría para recaudar recursos destinados a diversas acciones de asistencia social. El problema es que, conforme avanzó la campaña, el centro de atención dejó de ser la ayuda a los menores y pasó a ser el propio funcionario estatal.
Las redes sociales, los medios de comunicación y los eventos públicos han colocado al “Peluchoco” como un instrumento de posicionamiento político que inevitablemente remite a la imagen de García Parra. Y cuando una causa social termina girando alrededor de un personaje político, las sospechas son inevitables.
El coordinador de gabinete anunció que donará 100 pesos por cada peluche vendido.
El gesto puede parecer generoso, pero también abre una interrogante legítima. Si la prioridad es apoyar a niñas y niños con cáncer, ¿por qué limitar la ayuda a una cantidad condicionada por las ventas?
¿Por qué no realizar una aportación directa y significativa que permita obtener resultados inmediatos?
Más de un ciudadano se pregunta si la fundación beneficiada no recibiría mucho más apoyo con la venta de alguno de los vehículos de lujo que constantemente se le atribuyen al funcionario.
Una sola operación podría representar recursos superiores a los que eventualmente se obtendrían mediante una campaña comercial cuyo éxito está lejos de estar garantizado.
Porque la realidad también debe decirse: no existe certeza de que los Peluchocos se conviertan en un fenómeno de ventas.
La simpatía que pueda generar el personaje no necesariamente se traduce en compradores dispuestos a adquirir un muñeco para colocarlo en su sala o en su oficina. El mercado suele ser mucho más frío que los discursos políticos.
Pero el tema de fondo va más allá de un peluche.
Recientemente García Parra anunció que no participará en el proceso interno para definir la candidatura de Morena a la alcaldía de Puebla. Una decisión que algunos interpretan como disciplina partidista, aunque otros consideran que simplemente fue el reconocimiento de una realidad inocultable: el proyecto político nunca logró despegar.
Durante meses hubo entrevistas, apariciones públicas, publicaciones en revistas, presencia permanente en redes sociales y una intensa exposición mediática. Sin embargo, las encuestas nunca reflejaron el crecimiento esperado. Los números permanecieron estancados y el posicionamiento nunca alcanzó niveles competitivos frente a otros perfiles.
Como suele decirse en política, hay campañas que despegan y campañas que jamás abandonan la pista. Todo indica que la del “Choco” terminó perteneciendo a la segunda categoría.
Quizá por ello sorprendió el tono utilizado durante la conferencia matutina encabezada por el gobernador Alejandro Armenta, donde García Parra respondió a las críticas sobre su promoción política llamando “ignorantes de la ley” a quienes cuestionan posibles actos anticipados de campaña.
Según su argumento, no existe ninguna violación electoral porque el proceso formal iniciará hasta octubre, tal como establece el calendario legal. Y tiene razón en un punto: jurídicamente el proceso electoral aún no comienza.
Sin embargo, la discusión pública nunca ha sido exclusivamente jurídica.
El debate gira en torno a la ética política y a la utilización de recursos, cargos y plataformas públicas para construir posicionamientos personales con miras al futuro.
Porque una cosa es lo que permite la ley y otra muy distinta lo que percibe la ciudadanía.
Los ciudadanos observan espectaculares, entrevistas, campañas de imagen, presencia constante en medios y ahora hasta peluches personalizados.
Y es natural que surjan preguntas sobre las verdaderas intenciones detrás de esas acciones.
Octubre llegará pronto y entonces comenzará formalmente la competencia electoral.
Mientras tanto, los Peluchocos seguirán buscando compradores, las explicaciones seguirán multiplicándose y José Luis García Parra continuará intentando convencer a la opinión pública de que todo se trata de beneficencia.
El problema es que, cuando la percepción pública ya tomó una dirección, pocas veces basta un peluche para cambiarla.
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